ÁNGELA MERAYO Y LA POLIVALENCIA DE LOS SIGNOS
Por Josep Mª Cadena - Crítico de arte


Ángela Merayo penetra en el complejo mundo de los signos, en el que domina la polivalencia. Todo es según se quiere que sea, aunque haya una verdad suprema que una todas las versiones para que los humanos nos reconozcamos entre nosotros. Las costumbres, acuñadas por los siglos, nos separan y clasifican de acuerdo con rígidos códigos, pero los signos nos devuelven la posibilidad de volver a empezar a partir de los sentimientos comunes.

La casa, la familia, el clan que es el dolmen sagrado permite que vuelva a existir el menhir que en origen fue la persona. La colectividad protectora se mantiene cual tortuga apegada a la tierra, mientras que la individualidad se yergue, orgullosa de su potencia, frente a un mar de aventura que también puede ser espacio celeste. Es una suma de realidades distintas que afectan a la pintora - tanto da que sea por el camino de las vivencias como por la amplia calzada de las intuiciones - y que se convierten en signos compartidos, lo cual genera nuevas polivalencias. Es lo que corresponde, si bien se mira, a un lenguaje tan universal dentro de su especialización como es el que intenta acercarnos al arte.

El cáliz del sacrificio, que puede ser el del Santo Grial, pero que a la vez representa cualquier banquete de amor, está pronto a ser consumido. El pez de la comunicación mística navega por el río de las dificultades cotidianas y los caminos de cada día se proyectan en forma de puentes que a veces no culminan su avance hacia el ideal. Ángela Merayo persigue los soles de un nuevo y particular universo, en el que ella es la mujer renacida que explica con voz distinta aquello que de tan sabido dábamos por olvidado.

Para mí hay en el arte de Ángela Merayo una fuerza motriz de impulso genésico perfectamente válido para los dos sexos. Y no desciendo con ello a cuestiones accidentales. Caso de que existieran, tomaría impulso a partir de ellas para perfeccionar el salto hacia el infinito de estremecidas ideas que nos propone su color. El mismo ha progresado desde un anhelante afán por conocer las emociones a una serena explicación de las mismas a través de la experiencia. Ángela Merayo, a la cual he seguido a través de varias exposiciones, ya no adivina ni se sorprende ante la experiencia del propio ser en relación con otros, sino que sabe y se lanza a la explicación de los arquetipos a partir de sus vivencias en sazón.

Los signos vienen de los orígenes de la humanidad y pertenecen a distintas fases de la cultura humana. Presentes en cuevas que permanecieron cerradas o en lugares al aire libre que durante siglos resultaron de difícil acceso, nos resultan plenamente familiares. Ahora son de Ángela Merayo porque ella los ha recogido, pero también pertenecen al conjunto de todos nosotros. Sencillos e incluso esquemáticos en sus trazos, tienen la complejidad interna de lo vital. Aún más: disponen de la ambigüedad de aquella energía que, debido a estar situada en los orígenes, aún no ha tenido necesidad de definirse.

Ángela Merayo se ha sentido atraída por las variantes interpretativas que todo signo esencial lleva en sí. En el fondo, quizá sin ella saberlo, nos ha querido contar su eclosión como ser que ha asumido su propia realidad y a partir de ella puede explicar las variaciones de su entorno vital como signos de la compleja actividad humana.

Josep Mª Cadena
Crítico de arte - El Periódico de Catalunya



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